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Zonda

Argentina

2015

Dirección: Carlos Saura

Guión: Carlos Saura

Producción: Marina Erijimovich, Alejandro Israel, Marcelo Schapces, Antonio Saura, Guy Amon, Stéphane Sorlat

Fotografía: Félix Monti

Dirección musical: Lito Vitale

Coreografía: Koki y Pajarín Saavedra

Montaje: César Custodio, Lara Rodríguez Vialderbó

A través de veintiún números musicales, la película dibuja un panorama de la música tradicional de las regiones septentrionales de Argentina. El proyecto surgió por iniciativa de los productores Marcelo Schapces (Barakacine), Alejandro Israel y Mariana Erijimovich (Ají Molido), que contactaron con Saura en 2012 a través de su hijo Antonio, uno de los propietarios de Zebra Producciones y futuro productor ejecutivo de la cinta, para sondear la posibilidad de armar una película con participación española y argentina. Finalmente, la película salió adelante, sumando además a la coproducción a la prestigiosa empresa francesa Mondex&Cie. Zonda se rodó en un galpón del barrio de La Boca en Buenos Aires en 2014, y se estrenó en 2015, después de lo cual inició una carrera con éxitos en países como Corea del Sur o India. La película contaba con colaboradores de excepción en el ámbito cinematográfico y musical en Argentina, como Félix ‘Chango’ Monti, prestigioso director de fotografía, el músico Lito Vitale o los hermanos Koki y Pajarín Saavedra, fundadores del Ballet Nuevo Arte Nativo.

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Antes de que los créditos iniciales finalicen, escuchamos una melodía de piano. Se trata del Bailecito compuesto en 1940 por el compositor nacionalista Carlos Guastavino. La interpretación corre a cargo del prestigioso pianista Horacio Lavandera, una de las nuevas promesas argentinas en el ámbito de la música clásica. El bailecito, una danza del noroeste argentino de raíces indígenas, conoce aquí una versión estilizada que reproduce el ritmo sincopado del baile con armonías más complejas. La cámara recoge la interpretación de Lavandera sobriamente, con planos fijos que se demoran en los reflejos del intérprete sobre el piano. Esta introducción, que recuerda a la de Iberia por el uso de una pieza para piano solo, da paso, tras un barrido de cámara, al segundo número. 

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Baguala es un canto colectivo indígena de tempo y melodía uniformes, normalmente acompañado por instrumentos nativos de percusión (caja) y viento (cuerno). Un conjunto de intérpretes, entre ellos indígenas andinos algunos vestidos con trajes típicos, salen de detrás de un panel iluminado que remarcaba sus siluetas y, capitaneados por Tomás Lipán, Melania Pérez y Mariana Carrizo –reconocidos intérpretes folclóricos, los dos primeros muy veteranos–, realizan una interpretación que responde a la concepción auténtica, tradicional, del folclore: cantos ríspidos, acompañamiento musical escueto.  

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“La Felipe Varela” es una zamba muy popular que cuenta, con ecos críticos, la ofensiva que el caudillo militar homónimo sostuvo en Salta entre 1866 y 1867 contra el modelo de gobierno centralista de Buenos Aires. La interpretación corre a cargo de Óscar Esperanza, “Chaqueño Palavecino” –cantor tradicional que alcanzó fama en los años ochenta– y la joven Jimena Teruel, hija del también cantante Mario Teruel. La conjunción de veteranía con juventud se subraya con el vestuario de los cantantes: atuendo tradicional salteño para el Chaqueño, vestido moderno para Teruel. El dúo, acompañado por un conjunto musical que mezcla instrumentos contemporáneos y tradicionales, actúa en un escenario rodeado de pantallas donde se proyecta un filme (no identificado) que muestra una carga montonera y un gigantesco retrato del general Varela pintado por el propio Saura. El número alude, pues, a la construcción del estado argentino a través del folclore.

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La Chacarera es una forma musical y de danza típica de Santiago del Estero, de ritmo ternario, que se baila en pareja. La variante doble incorpora más compases y, por tanto, estrofas, a las partes cantadas. “Añoranzas” (1942) es una de las más famosas del repertorio, hasta el punto de que en 1998 fue reconocida como Himno Cultural de la provincia santiagueña. La interpretación corre a cargo de Pajarín Saavedra y Cecilia Caballero, del Ballet Nuevo Arte Nativo, que ejecutan una versión enormemente estilizada –aunque se respetan las vueltas y evoluciones clásicas del baile, se prescinde del vestuario típico y se introducen variantes como los giros de tobillos–. La parte vocal corresponde a Soledad Pastorutti, cantante y presentadora de televisión muy apreciada por los aficionados al folclore desde que en 1996 alcanzase un éxito fulgurante en el festival de Cosquín con tan solo quince años. El acompañamiento musical mezcla instrumentos folclóricos como el bombo legüero con otros menos típicos (el piano), lo que de alguna manera replica el contraste articulado en el número entre tradición y modernidad: la estilización musical resalta ante los tonos nostálgicos y esencialistas de la canción.

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“En el fondo del mal” es una composición del rockero Gabriel Fernando ‘Gabo’ Ferro, lanzada en 2014 en un disco conjunto con la cantautora Luciana Jury. La canción respeta la estructura musical y estrófica de la copla argentina noroccidental, pero se aleja de sus referentes clásicos tanto en armonía como en construcción literaria. El número se escenifica con gran eficacia: los solistas se sientan frente a frente, cada uno con una pantalla de retroproyección detrás; esta replica su imagen de manera que los encuadres individuales incluyan a la vez al o la cantante y su respectivo contraplano.

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El Chamamé es un estilo musical y dancístico de las regiones nororientales argentinas, principalmente Corrientes y Chaco, así como de zonas de Paraguay. Ha sido declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de Argentina. Sobre la grabación del compositor y acordeonista actual Chango Spasiuk, el cuerpo de baile masculino y femenino del Ballet Nuevo Arte Nativo ejecuta una danza por parejas que simula una boda y un ritual de cortejo. El número se escenifica como si se tratase de un ensayo de la compañía de danza.

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La secuencia de homenaje a Mercedes Sosa se ambienta en un aula recreada. Los alumnos de una escuela primaria contemplan desde sus pupitres diferentes imágenes de Sosa, entre ellas las de un concierto donde interpreta el tema Todo cambia, que los pequeños acompañan con percusiones manuales. La canción, compuesta en 1983 por el chileno Julio Numhauser –fundador del del grupo Quilapayún– durante su exilio en Suecia tras el golpe de estado de Pinochet, se convirtió en uno de los hitos de la artista tucumana, que la adaptó para su repertorio en 1984. La película rinde tributo a una cantante que difundió a escala internacional la imagen de una Argentina rural e indígena y la de una Latinoamérica solidaria y revolucionaria.

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Zamba alegre mezcla una interpretación musical deudora de los modos folclóricos clásicos a cargo de Jaime Torres, músico tucumano virtuoso del tradicional charango –pequeña guitarra indígena–, con la hibridación propia del Ballet Nuevo Arte Nativo, cuyos miembros ejecutan una versión estilizada de esta danza galante, ejecutada con pañuelo en la mano a la manera de los antiguos minués europeos.

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“Vidala para mi sombra” (1955) es uno de los temas más famosos del compositor Julio Santos Espinosa, versionado por cantantes como Atahualpa Yupanqui o Jorge Cafrune. El abordaje de Pedro Aznar apuesta por el despojamiento: en lugar de la tradicional guitarra que acompaña al canto, este músico surgido de la escena rock durante los años setenta solo toca una caja (pequeño tambor); un bailarín ejecuta a la vez una danza contemporánea con una pantalla en la que se proyecta la interpretación de Aznar.

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“Luna tucumana” es otra zamba clásica que aquí interpreta Liliana Herrero, considerada una de las grandes renovadoras del folclore nacional a partir de los años ochenta. Su interpretación, muy sentida, se acompaña de un conjunto musical que remite a un trío jazzístico. Los hermanos Saavedra ejecutan una danza estilizada en un escenario poblado de espejos y alusiones nocturnas, con una enorme luna llena presidiendo el conjunto.

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El Gato es una danza septentrional de aires pícaros, con gran influencia en otros bailes como el tango. En este número, las bailarinas del Ballet Nuevo Arte Nativo ensayan un número de danza en torno al tema contemporáneo “Gato sachero”, compuesto por Walter Soria en homenaje a Carlos Saavedra, mítico bailador de gato y padre de Koki y Pajarín. Las bailarinas se disfrazan y ensayan poses felinas delante de unos espejos de camerino mientras suena el “Dúo bufo de los gatos”, atribuido al compositor europeo Giacomo Rossini. Al poco, comienza el baile, realizado sobre una plataforma, mientras Soria, acompañado al bombo por Marián Farías Gómez –histórica integrante de los Huanca Hua– interpreta la canción. Este número mezcla de nuevo los referentes tradicionales con modos contemporáneos, a la vez que introduce referencias foráneas: no solo el fragmento de música europea, sino también la propia coreografía, que no puedo evitar relacionar con la que se planteaba en un fragmento del musical Footlight Parade (Lloyd Bacon, 1933) y, por supuesto, con el conocido musical teatral Cats de Andrew Lloyd Webber (1981).

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La hibridación también hace acto de presencia en “Chacarera a Juan”, tema compuesto para la película por el afamado guitarrista Luis Salinas, interpretado como si de una jam session se tratara por un cuarteto con teclado, cuerda percutida y el tradicional bombo legüero.

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Los dos siguientes números transcurren en la recreación de una peña folclórica cuyana, propia de las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, en el centro de Argentina. Las paredes del local artificial, recubiertas, como ya ocurría en Fados, con posters y fotografías de artistas, agrupaciones y discos míticos del género, acogen el canto de los “parroquianos” de una zamba clásica, “Volveré siempre a San Juan”, alusiva a la región cuyana.

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Sigue una cueca cuyana –la cueca también es popular en Chile y Bolivia–, música bailable que una pareja danza al modo tradicional, con pañuelo en la mano derecha.

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El malambo es una danza carente de acompañamiento cantado; también es la única seleccionada para el filme que proviene de las regiones pamperas del sur. Se atribuye a los gauchos, que bailaban en torneos de zapateado ante un corro de asistentes. La secuencia alude a estos orígenes a través de la escenografía, una circunferencia ovalada dibujada en el parqué, alrededor de la cual se sitúan los miembros del Ballet Nuevo Arte Nativo y el grupo de percusión folclórica Metabombo, que combina el repertorio tradicional para bombo legüero con influencias de la estética rock y heavy metal. En primer lugar bailan dos mujeres, sustituyendo así el típico enfrentamiento masculino. El siguiente duelo será, no obstante, el de los hermanos Saavedra, que realizarán las mudanzas del malambo con boleadoras, instrumentos de caza típicos de la cultura gaucha con los que marcarán el ritmo progresivamente frenético de su duelo –ritmo al que acompaña un montaje gradualmente acelerado–. La secuencia, de contornos espectaculares, se cierra con una danza grupal muy estilizada. El número prescinde del acompañamiento melódico de guitarra para centrarse en la percusión, lo que acerca esta actuación a otras formas musicales basadas en ritmos africanos, como la batucada brasileña.

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La interpretación de la popular “La Telesita” a cargo del coordinador musical Lito Vitale es otro ejemplo de innovación musical sobre patrones folclóricos. Vitale, solo ante el piano, utiliza baquetas de bombo con las que percute los trastes del instrumento. Seguidamente, interpreta una libérrima versión de la chacarera, por la que pasan armonías dodecafónicas y jazzísticas, no sin haber depositado al azar sonajeros de pezuñas sobre las cuerdas del piano, lo que permite crear nuevas y azarosas sonoridades.

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El Ritmo de zamba que sigue nos muestra a una pareja de bailarines del Ballet Nuevo Arte Nativo ejecutando un baile sensual y moderno a partir de una melodía de zamba. La pantalla de retroproyección situada tras ellos replica su imagen subdividida una y otra vez, al modo de una cronofotografía en movimiento.

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“La Amanecida”, otra zamba tradicional, conoce aquí la versión de tres leyendas de la música argentina: Jairo, veterano y famoso cantante pop especializado en baladas; Juan Falú, guitarrista folclórico, sobrino del renombrado compositor Eduardo Falú, y Vitillo Ábalos, folclorista nonagenario en la fecha de realización de la película. Juntos interpretan una zamba al estilo clásico. La realización capta este número con planos medios y cortos, situando a los artistas ante un fondo doble: a la derecha, un panel de colores rojos, anaranjados o amarillentos; a la izquierda, un espejo que refleja su imagen.

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“Preguntitas sobre Dios” es un famoso tema de otro artista argentino de reputación internacional, Atahualpa Yupanqui. El homenaje que se le tributa es muy sencillo: mientras suena una grabación de la canción, la cámara va revelando, con un zoom out progresivo, un panel con una fotografía ampliada del cantautor y al público indistinto que la mira.

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“Diablada” es una composición original de Lito Vitale que mimetiza los modos del carnavalito, danza andina de origen prehispánico. La secuencia, de manera similar a la apertura de Fados, nos muestra una fiesta colectiva en medio de un plató. Los participantes van ataviados con vestimentas típicas y se arraciman en torno a una hoguera falsa mientras suena una música arcaica ejecutada con instrumentos indígenas.

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El último número y fin de fiesta corresponde a la versión modernizada de otra chacarera tradicional, “Entre a mi pago sin golpear”. La danza corre a cargo del Ballet de los hermanos Saavedra y la bailarina Paula de Luque, y la interpretación musical, de la Orquesta Popular los Amigos del Chango –en honor al mítico intérprete Chango Farías Gómez, fundador de los Huanca Hua–, y de los solistas Peteco Carabajal y Verónica Condomí. El aire festivo de la canción se contagia a otros asistentes, que acompañan a los profesionales del baile. La cámara se eleva sobre el escenario, presidido por un panel en el que refulge un sol de amanecer, y con una panorámica hacia arriba deja ver los arcos de iluminación del plató. Los ventanales y portones del galpón van abriéndose, dando paso a la luz natural. A su vez, la música y los aplausos disminuyen para que comencemos a escuchar los mismos sonidos de la calle que oíamos al inicio del filme.

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